Manuel López García es Psicólogo, Magíster en Estudios Socioespaciales, Investigador en juventud y salud mental y Músico aficionado @manuel_psicosocial
Música
La música constituye una de las mediaciones simbólicas más antiguas y persistentes en la historia humana. Más allá de su dimensión sonora, opera como una tecnología social capaz de articular emociones, narrativas colectivas, vínculos, rituales y formas de imaginar el mundo. Todas las culturas han desarrollado prácticas musicales que cumplen funciones expresivas, comunicativas y comunitarias: acompañan los momentos liminales, celebran la vida, atenúan el dolor, producen sentido y permiten la inscripción de la experiencia individual en un horizonte colectivo.
La música es un lenguaje, es la capacidad humana de organizar creativamente el sonido, dotarlo de forma, ritmo y significado, y transformarlo en un dispositivo que articula identidades, emociones y aspiraciones. Es por ello que, aunque no siempre tenga intencionalidad política explícita, la música es inherentemente social y refleja, con una sensibilidad particular, los climas culturales de cada época.
Cada práctica musical encapsula una lectura del contexto desde el cual emerge; es síntoma de las tensiones históricas, económicas y subjetivas que atraviesan a una comunidad. Esta cualidad interpretativa hace que el artista sea un observador situado, cuya obra se convierte en un gesto de interpretación del mundo. Algunas músicas nacen espontáneamente en las tramas comunitarias; otras son industrializadas, producidas como mercancías culturales que circulan globalmente.

Música y juventud
La juventud, tal como se define hoy en Occidente, no es una categoría universal ni inmutable. Surgió como construcción moderna ligada a los procesos de industrialización y a la reorganización de las etapas vitales a partir del siglo XIX. Es un proceso de transición cargado de expectativas sociales, tensiones intergeneracionales y conflictos psicoemocionales.
Conviene distinguir entre juventud, entendida como franja demográfica, y lo juvenil, concebido como un imaginario social que define modos de ser, estilos de vida y sensibilidades, y que puede prolongarse más allá de la edad biológica. Lo juvenil, más que un estado, es una forma cultural, un imaginario social que orienta identidades, consumos y prácticas. Esta distinción es crucial para comprender la articulación contemporánea entre juventud y música.
Cada contexto y generación ha desarrollado modos diferenciados de relacionarse con lo sonoro, apropiando géneros, inventando escenas y atribuyendo significados políticos, estéticos o afectivos a sus prácticas musicales. El vínculo entre juventud y música no es producto de una relación “natural”, sino de un proceso histórico donde lo juvenil se convirtió en un territorio privilegiado de experimentación sonora, estética y cultural.
Aunque en el mundo occidental, los géneros asociados como símbolo a cada generación varían —rock y psicodelia en los sesenta, música protesta en Latinoamérica durante los setenta, culturas electrónicas en los setenta y ochenta, hip hop desde los noventa, regueton en las primeras décadas del siglo XXI, entre otros— el patrón común es que las juventudes han encontrado en la música un medio de elaboración de su experiencia, un espacio para cuestionar órdenes establecidos y un recurso para construir identidad. En contextos urbanos contemporáneos, la música compite hoy con otros repertorios simbólicos —especialmente las tecnologías digitales— pero conserva un lugar fundamental en la producción de subjetividad juvenil.
La relación entre juventud y música admite dos posiciones complementarias: la juventud como productora de cultura y como consumidora de cultura. Esto plantea preguntas relevantes: ¿la música que escuchan las juventudes es creada por ellas mismas?, ¿determinan las tendencias o son determinadas por la industria?, ¿qué mediaciones adultas intervienen en los procesos de creación musical juvenil?, ¿de qué modo estas prácticas se relacionan con formas de ciudadanía?

Música, juventud y ciudadanía
La ciudadanía en esencia supone un conjunto de derechos, responsabilidades y capacidades de participación que inscriben al sujeto en la vida social y política. No se limita a un estatus legal: es una práctica situada, un ejercicio que se expresa de maneras diversas y desiguales. La ciudadanía se convierte en un campo donde se disputan las condiciones de visibilidad, reconocimiento y agencia.
La juventud se caracteriza por un impulso interrogativo frente al mundo heredado. Lejos de ser simple rebeldía, este cuestionamiento constituye una fuerza de innovación cultural. Las juventudes no solo heredan conquistas sociales; también las reinterpretan, las defienden o las transforman. En este proceso, la música opera como un territorio de expresión de malestares, deseos y proyecciones colectivas.
Como se ha dicho, cada época musicaliza sus luchas. Los sonidos condensan tensiones generacionales y sensibilidades emergentes; las nuevas generaciones retoman, resignifican o rechazan los repertorios anteriores. Las ciudades se convierten en espacios de resonancia donde conviven músicas de distintas temporalidades e influencias, generando mezclas y fricciones entre tradiciones, tecnologías, géneros y políticas del sentir. En esta babel sonora no toda música se orienta a la acción política, pero toda música constituye una forma de expresión ciudadana en tanto narra experiencias situadas.
No obstante, es necesario diferenciar entre músicas políticamente expresivas —aquellas que reflejan un clima social— y músicas políticamente participativas, que convocan a la acción, interpelan estructuras de poder o se articulan con procesos organizativos de resistencia. No escuchar un género políticamente participativo no convierte a nadie en menor ciudadano, pero sí es cierto que algunas producciones juveniles adoptan explícitamente una postura crítica y contribuyen a visibilizar problemáticas o a promover idearios de transformación social.
En este sentido, el rock, por ejemplo, no transformó por sí solo estructuras sociales, pero acompañó movilizaciones juveniles, movimientos contraculturales y disputas simbólicas contra formas conservadoras de vida. La música protesta latinoamericana fue clave para narrar desigualdades, la salsa visibilizó la marginalidad migrante y afirmó identidades nacionales, mientras el hip hop articuló discursos críticos sobre racismo, marginalidad y violencia urbana. En contraposición, la música romántica canta el desamor y el regueton exalta un hedonismo sexualizado, estas últimas sin ningún interes explícito en la participación política, aunque sean una expresión política.
En este contexto , el modelo económico contemporáneo ha configurado la música como un producto altamente rentable. La industria cultural filtra, depura y empaqueta contenidos para su consumo masivo, neutralizando en muchos casos elementos contestatarios. Ciertos fenómenos mediáticos ofrecen simulacros de rebeldía que no cuestionan estructuras, produciendo una estética de disidencia superficial que moviliza identidades juveniles sin generar procesos reflexivos o políticos profundos.
Sin embargo, frente a estas dinámicas emergen circuitos alternativos que operan como disidencias culturales: escenas locales, producciones independientes, músicas hechas en casa, grabaciones artesanales, eventos autogestionados y propuestas subterráneas que funcionan como espacios de resistencia. Estas prácticas no solo disputan valores estéticos, sino también imaginarios sobre la vida social, la ciudad y la ciudadanía.

La música electrónica como espacio estético, social y político
La música electrónica tiene lugar en esta discusión. Nacida en la convergencia entre tecnologías emergentes, experimentación artística y culturas juveniles urbanas, se consolidó desde los años setenta en ciudades como Nueva York, Detroit, Chicago y Berlín. Sus primeras escenas fueron creadas por comunidades afrodescendientes, migrantes, colectivos queer y juventudes precarizadas que encontraron en el sonido electrónico un vehículo para la afirmación de identidades disidentes.
Los clubes, raves y fiestas underground no fueron únicamente espacios de ocio: funcionaron como territorios de cuidado, seguridad y libertad, donde cuerpos históricamente marginados podían expresarse sin miedo. La pista de baile se convirtió en un lugar de ciudadanía corporal, donde se ejercían formas de pertenencia no basadas en la ley sino en la experiencia compartida de la música, el movimiento y el anonimato protegido.
La música electrónica creó nuevas geografías urbanas: bodegas industriales, terrazas, sótanos, parques, espacios abandonados y clubes especializados. Estas espacialidades nocturnas produjeron modos alternativos de habitar la ciudad, de crear comunidad y de experimentar la colectividad desde el cuerpo en movimiento. La nocturnidad electrónica, lejos de ser mero entretenimiento, constituye una forma de política microlocal donde se negocian normas, se encarnan libertades, se construyen pertenencias y se reafirman subjetividades resistentes y alternativas, que requieren estos espacios al no encontrar lugar en las formas hegemónicas de expresión política y de ciudadania.
Aunque la industria global ha absorbido parte de estas estéticas —convertidas en espectáculos masivos, festivales gigantes y circuitos EDM comercial— subsisten numerosas escenas independientes que mantienen la vocación experimental y contestataria del género. Estas escenas actúan como enclaves culturales donde se ensayan narrativas críticas y se disputan sentidos sobre identidad, autonomía, tecnocultura y vida urbana.
La música electrónica también ha tenido un papel significativo en ciudades latinoamericanas, incluida Medellín, donde se han fortalecido propuestas híbridas que articulan ritmos locales con paisajes electrónicos contemporáneos. Estas fusiones permiten a las juventudes generar nuevas formas de enunciación cultural y de participación ciudadana desde la creación musical.

Músicas alternativas, juventudes y participación ciudadana
Las producciones juveniles alternativas se acercan de forma más nítida a la idea de ciudadanía participativa. Aunque las últimas décadas han estado marcadas por un auge del hedonismo neoliberal —reflejado especialmente en ciertos repertorios del pop global— existen múltiples escenas juveniles que reactivan la dimensión crítica de la música: metal, punk, hip hop, indie, rock contemporáneo, fusiones experimentales, etnomúsicas urbanas y diversas corrientes de música electrónica política.
Estas músicas no solo expresan malestares; elaboran diagnósticos sobre desigualdad, exclusión, violencia, discriminación, racismo, género o precarización de la vida. Además, se articulan con otras prácticas sociales: grafiti, danza, performance, activismo cultural, autogestión territorial, gestión comunitaria de festivales o colectivos de producción musical. En estas articulaciones, la música se convierte en un medio de producción de ciudadanía desde abajo.
La ciudadanía musical juvenil emerge cuando las y los jóvenes crean, interpretan, intervienen el espacio urbano, organizan colectivos, generan propuestas o producen narrativas críticas que interpelan su realidad. La música se transforma entonces en un acto de visibilización y de afirmación social, que no solo denuncia sino que propone formas de vivir juntos, de resignificar el territorio y de construir comunidad.
La relación entre música, juventud y ciudadanía es profundamente histórica y política. La música no es un simple acompañamiento de la vida juvenil, sino un campo donde se negocian identidades, se expresan tensiones estructurales y se crean sentidos colectivos. La juventud encuentra en el sonido un espacio para experimentar formas de libertad, cuestionar órdenes establecidos y producir alternativas culturales.
Las músicas alternativas —incluyendo las escenas electrónicas independientes— muestran que la producción sonora juvenil puede ser, simultáneamente, estética, política y comunitaria. Allí donde las juventudes crean música que expresa y participa en la vida social, emerge una forma activa de ciudadanía que interpela las condiciones del presente y amplía el horizonte de lo posible.

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